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MI FELIZ REALIDAD

Hoy quiero compartir con vosotros un cuento corto “MI FELIZ REALIDAD” . A veces las cosas no son lo que parecen.


Mi feliz realidad

Una vida que había sido alegre y valiosa, pero que había perdido su batalla contra mi enfermedad, en eso se había basado mi preciosa existencia sobre este mundo al que no pertenecía.

Mi nombre es Celine y todo comenzó cuando cumplí los once años, siempre había sido una niña un poco especial, con pocos amigos, pero indudablemente feliz, llevaba una tranquila y harmónica vida con mi madre y mi padre en el pequeño pueblo de Dinan en Francia.

El día 27 de abril del año 1945 paseaba por aquellas preciosas calles grises cuando escuché el ruido de un pequeño cascabel tras las flores que había frente a la tienda de antigüedades de Annette, me acerqué, curiosa y me asomé sobre los tonos rojizos, que brillaban sobre los pétalos de las flores de lis y pegué un pequeño salto, cuando de entre los finos tallos verdes de las flores, asomó una diminuta cabeza.

Recuerdo que me quedé completamente inmóvil durante unos segundos, por dos razones muy sencillas, la primera, no podía creer que aquello que estaba viendo fuera real y la segunda, me entró un miedo terrible a que desapareciera. El pequeño y sonriente gnomo, caminó hasta el borde de la maceta y se sentó sobre este con sus diminutos pies colgando en dirección al suelo.

—Bueno días, Celine— dijo el hombrecito.

Tardé unos segundos más en reaccionar y por fin reuní el valor para contestarle.

—Buenos días…—dije dudando, al darme cuenta de que yo no sabía su nombre—. ¿Cómo puedo llamarte?

El hombrecito se puso en pie de un salto y me ofreció su pequeña mano.

—Me llamo Ferguson.

Yo le extendí mi dedo meñique y él lo agarró con gusto, estrechando la punta con fuerza.

—Te veo muy sorprendida— dijo Ferguson subiéndose a una flor para quedar un poco más cerca de mi altura.

—Lo siento señor, es que tengo que admitir que no sabía de vuestra existencia, los gnomos.

Él frunció el ceño, pensativo.

—Eso es por qué no nos dejamos ver a menudo—inquirió enredando sus deditos entre su barba.

Abrí los ojos sorprendida y el me indicó que me acercara con la mano, yo caminé hasta él y la criatura escaló por mi abrigo y se metió en el bolsillo asomando solo la cabeza.

—¿Y a que debo ese placer? — pregunté continuando con nuestra conversación.

—Eres una chica especial, Celine y creo que deberíamos ser amigos.

Yo sonreí encantada y aquella misma tarde llevé a pasear a Ferguson por todo el pueblo de Dinan.

A partir de ese día, Ferguson empezó a acompañarme a todos los lugares, éramos inseparables, cada mañana aparecía frente a mi ventana y se metía en el bolsillo de mi rebeca para acompañarme a clase.

Al principio mi extraño comportamiento pasó desapercibido, para ellos no era más que una niña que jugaba con su pequeño amigo invisible, pero con el paso de los años aquellos que no comprendían mi actitud, aquellos que jamás pudieron creer en la magia, empezaron a temerse lo peor.

Tenía dieciséis años cuando mis padres se sentaron sobre el borde de mi cama para explicarme que aquello que creía ver, no podía ser real y que debía madurar y pasar página, aquella noche me quedé llorando durante horas, pero como siempre, Ferguson fue capaz de consolarme.

A los dieciocho años, me dieron mis primeras pastillas, sentía como con cada medicamento empezaba a perder el control sobre mi cuerpo, recuerdo como Ferguson se ponía de los nervios cada vez que ingería una de aquellas pastillas, pero yo no quería hacer que mis padres se enfadaran conmigo si dejaba de tomarlas.

Desde luego aquellos medicamentos no hicieron más que disminuir mi rendimiento, pero Ferguson jamás se disipó de mis pensamientos, cuando cumplí veintidós, fui diagnosticada de esquizofrenia.

Recuerdo como mi madre lloraba frente al médico, mientras Ferguson me transmitía todo su apoyo agarrando mi dedo meñique desde el bolsillo de mi bolso. Durante unos años más, viví en Dinan, en casa de mis padres, cualquier rastro de aquellos amigos qué alguna vez pude haber tenido, desapareció en el aire como un brillante y fino copo de nueve bajo el sol.

Una noche que estaba especialmente mal, Ferguson me obligó a salir de la cama y me llevó a pasear por el jardín de mi casa bajo la preciosa luz de las estrellas, caminamos hasta la fuente de piedra que se posaba firme y bella frente a mi casa y yo me senté sobre el borde.

—Quiero presentarte a unas amigas—dijo Ferguson, sonriendo.

Desvié la mirada hacia la delicada estatua que crecía en el centro de la fuente y tras ella asomaron dos preciosas criaturas que me dejaron sin aliento.

—Estos son Eurídice y Metis.

Observé con atención sus pequeños cuerpos verdes, tenían los deditos más largos de lo normal y los ojos negros como el cielo de aquella noche. Volaron hasta mí y me fijé en las brillantes alas de cristal que se batían en el aire removiendo mi pelo.

—Encantada— dije sonriendo.

Noté como por un segundo los efectos de los medicamentes abandonaban mi cuerpo y me sentía una persona nueva, dos semanas después me internaron en el primer psiquiátrico.

El primer año la pena se apoderó de mí y estuve durante meses ignorando a Ferguson, que se cogió un enfado de mil demonios, intenté olvidar mi realidad para adaptarme a la de ellos, pero eso solo creó en mi interior una oscuridad que me abatía por completo, así que un día me desperté y decidí vivir bajo mis propias reglas.

Dejé de tomar sus medicinas, Ferguson me ayudaba a hacerlas desaparecer durante el desayuno, así, día tras día, fui creando de aquel extraño lugar, mi propio hogar. Eurídice y Metis venían de vez en cuando a mi habitación y se colaban por la ventana para hacerme compañía. Me dediqué a cultivar pequeñas flores de lis en mi habitación, me recordaban al precioso pueblo de Dinan.

Mi vida pasó tranquila y en tan solo un abrir y cerrar de ojos, cumplí los setenta y cinco años en el psiquiátrico. Fue una preciosa noche de verano cuando la brisa atravesó mi ventana y acarició mis mejillas haciéndome saber que mi hora había llegado, cerré los ojos dispuesta a todo y noté un intenso pero precioso dolor en el pecho, Ferguson corrió hasta mí y me cogió el meñique con fuerza.

Sonreí, su presencia había iluminado mi vida y había hecho de esta, algo extraordinario. Escuché como la puerta de mi habitación se abría de par en par y entraba un joven e inexperto enfermero que corrió hasta el pie de mi cama, mis ojos se encontraron con los suyos y le dediqué una brillante y sincera sonrisa, solté mi último y feliz aliento y antes de cerrar los ojos vi su expresión de sorpresa.

—¿Eso es un gnomo?